Crónicas

Contra el Museo del Fundamentalismo Democrático

Decían los posmodernos que ya no había grandes relatos, y que la historia -si es que la había- se forjaba en base a discursos, opiniones y significantes vacíos. Ese era el motor de la realidad política. Y si es que algo de tensión había (ni hablar de las contradicciones), esta era articulable y canalizada en votos. Así los posmodernos (Laclau, Negri, etc.), con la adorable ingenuidad de ser la vanguardia de la humanidad, respaldaban la democracia liberal, al punto de sacralizarla. Finalmente, de lo que se trata es que el pueblo vaya a las urnas a diario, en cada segundo, para deliberar y ser partícipe de cada decisión política, pero sin olvidar esa articulación. Había que ser horizontalistas.

De muchos lugares surgió sospecha, ¿qué es eso de articular?, ¿no será otra forma del lenguaje políticamente correcta y bien pensante para ocultar el control y la dirección?  Pero no podía ser, ya no había grandes relatos que necesitaran de verticalidad para imponer sus planes y programas. Lo que nos dicen que hay son pequeños relatos: Una pluralidad, de tendencias, modas, movimientos, corrientes, etc. El empeño está entonces en justificar, al precio y con el lenguaje que sea los particularismos étnicos, raciales y religiosos, que sean. Todo dentro de la democracia de mercado pletórico.

Si todos los grandes relatos habían desaparecido o están por desaparecer, ¿qué hace la OTAN en medio oriente, entonces, con todas esas democráticas municiones? Nadie se cree que vendan caramelos. ¿Imperialismo, pero en vísperas del fin de la historia? Algo no calzaba. Los grandes relatos estaban presentes allí. Los mass media no paraban de hablar de <Humanidad>, <Democracia>,<Derechos Humanos> y <Paz>. Esos no son “pequeños relatos”, y tales empresas no estaban movidas por pequeños grupúsculos con pánico colectivo, sino que por potencias con la bomba nuclear bajo el brazo.

El Museo

Dicho esto, toca hablar del Museo de la Democracia. Un museo que ha lanzado el candidato presidencial de Chile Vamos para ese gran relato llamado Fundamentalismo democrático. A primera vista parece una estrategia de la derecha liberal para cubrirse de la aureola democrática. Quieren hacer borrón y cuenta nueva de su pasado dictatorial, y estar a la altura de los tiempos, a la par de absorber al socialdemócrata Museo de la Memoria. No cabe duda de que quién así diagnostique este fenómeno lleva razón. Pero esa razón, es una razón práctica, o funcional. Y no hay nada de peyorativo con llamar como funcional a ese modo de proceder interpretativo, al contrario, la política que es lucha por intereses de grupos enfrentados necesita tal diagnóstico. Y no voy a ser yo quien lo diga, Lenin fue el que utilizó la formula latina cui prodest, que significa ¿a quién beneficia? Para entender los embrollos de reivindicaciones, medidas, ideas, etc. Que portan determinados grupos.

Pero ¿la política se trata solo de intereses ciegos, de discursos erísticos? Pues no, no hay tal cosa como una política al margen de una concepción del mundo. Como toda institución, los partidos políticos tienen dos momentos en su existencia. Un momento tecnológico, donde entra el utilitarismo de las operaciones que realiza un partido contra otros de forma pragmática y otro momento -no menos importante- que es el ideológico, que, conjugados, ambos, se alimentan uno del otro. La ideología como superestructura no es simplemente un fenómeno excretado y alienante. Sino que es imprescindible para hacer política, al modo análogo de cómo se necesitan teorías físicas, geográficas y químicas para hacer andar un auto.

Sebastián Piñera y su grupo, están presos de la ideología del fundamentalismo democrático, que no es otra cosa, que la idea de que existe una sola idea de democracia -la liberal- y que esta es el más exquisito producto de las sublimes conciencias.

Al final esto nos remite a un problema clásico, aunque totalmente vilipendiado; preguntarse ¿qué es la democracia? Ya que pareciera ser algo caído del cielo, algo que todos los hombres conocen, algo que se da por supuesto. Pero yo no me aventuraré a hacer una ontología de la democracia, no es el lugar y ese territorio es de marinos. Lo que si haré, es apuntar un par de cuestiones precisas que, como pequeñas catarsis, remuevan un poco de polvo y dejen ver, si quiera, que algo hay detrás del vidrio de la ventana que da a la calle, o si se quiere, den cuenta de que a nuestras espaldas está la salida de la caverna.

Partiré, del supuesto, que democracia se dice de muchas maneras. Esto es; que no hay un solo tipo de régimen democrático, y varios de ellos enfrentados a muerte. Podemos ejemplificar esto fácilmente. En el presente infecto tenemos a Rusia y Estados Unidos, con una dialéctica imperial y ambos Estados democráticos. Y así se podrían seguir dando ejemplos de democracias populares, democracias liberales, democracias democristianas, etc. Se demuestra entonces, que las democracias no bajan del cielo, que son resultados de procesos históricos concretos. Con Aristóteles diríamos que hay quienes piensan que existe una única democracia y una única oligarquía, pero esto no es verdad. No es lo mismo una sociedad campesina, que una burguesa o proletaria.

Basta contrastar -para destruir esta ideología- con un mínimo de historia. Resulta, que sin ir muy lejos, durante los procesos de emancipación hispanoamericanos que dieron como resultado las naciones políticas hispanoamericanas, se dio el caso del dictador Simón Bolívar que fue validado como dictador mediante democracia procedimental, según nos cuenta el mismo Carlos Marx: “Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el 1de enero de 1814, una junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado de Mendoza, por su parte, fundamentó en un prolongado discurso “la necesidad de que el poder supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela unificarse bajo un solo gobierno”. Se aprobó esta propuesta y, de tal modo, la dictadura recibió una sanción legal.” (1858).

Volviendo a nuestro presente inmediato, la democracia burguesa de la que formamos parte fue diseñada formalmente de puño y letra por la corte de Augusto Pinochet en dictadura. Que no hay que olvidar financió una democracia, la del imperio capitalista anglosajón. Y para más inri, esta democracia naciente, fue puesta en marcha en unas elecciones que la misma junta llamó. Por no hablar de la estructura social actual, que mantiene los mismos privilegios de clase que sustentó a la dictadura.

El último estoque que daremos al fundamentalismo democrático, igual de importante, es una crítica a la democracia como sistema de representación del pueblo. El pueblo, que para grupos como el Frente Amplio es algo sagrado, no aguanta la menor crítica. Pero para mala suerte les lanzaremos a Gustavo Bueno Martínez encima, sin piedad: “Difícilmente podríamos encontrar un concepto más metafísico que el concepto de «pueblo», utilizado en el contexto político de la gran revolución. Era un concepto procedente de la antigua Roma, por cierto muy poco democrática (salus populi suprema lex esto), que incorporó el cristianismo (el «pueblo de Dios») y de ahí pasó al romanticismo (Volkstum, de Jahn), construido a partir del término Volk (que, por cierto, procede del latín vulgus) mezclado con el concepto moderno de nación (como sustitutivo, en la batalla de Valmy, del «rey» del Antiguo Régimen: los soldados, en lugar de decir «¡Viva el Rey!» gritaron «¡Viva la Nación!»). En la Constitución española de 1978 la expresión «los pueblos» se carga a veces con ecos krausistas (la Europa de los pueblos) en una tendencia a trazar con línea continua las fronteras de los pueblos y a redibujar con línea punteada (hasta tanto se logre borrarla) las fronteras entre los «Estados canónicos». Si el concepto de pueblo adquiere valores muy distintos y opuestos entre sí, en función de los parámetros que se utilicen (unas veces, el pueblo será una nación concreta, a la que se le supondrá dotada de una cultura propia; otras veces el pueblo será el conjunto de los trabajadores, incluso de los proletarios de todo el mundo) se comprenderá el fundamento de nuestra conclusión, que considera a la expresión «democracia como soberanía del pueblo» como meramente ideológica.” (Bueno, 1997).

¿Esto quiere decir que no hay pueblo alguno? Pues no. Una definición materialista, propositiva de pueblo es la dada por el mismo Gustavo Bueno. El pueblo sería la parte de la nación que está viva, de los individuos que no forman parte del pasado, pero que si están vivos -para bien o para mal- es por este mismo pasado. La nación sería ese pueblo más los antepasados; siempre asentados en un territorio que es desde donde construyen y extraen la energía. Este territorio es lo que se llama patria.

Parte final: Peligros del Fundamentalismo Democrático.

Los peligros que señalaré no son con un afán erudito; están a mil leguas, también, de esa miserable actitud del joven nihilista que critica, pero no sabe para qué critica (Lenin). Estas advertencias están inmersas absolutamente en el cuadro político de hoy, en el Chile democrático del siglo XXI en el mundo globalizado. Son un llamado de alerta, rebelde e hipercrítica para embestir estos delirios o falsas conciencias que el poder político proyecta sobre las masas de ciudadanos-consumidores satisfechos.

  • El Fundamentalismo Democrático -que me atrevo a decir, es la ideología de nuestro tiempo- es usado por una burguesía decadente para mantener el orden, el estado actual de las cosas. El ciudadano promedio, que no se entera que la historia no ha terminado, va rampante a votar creyendo ciegamente que elige, cual producto en el supermercado, al régimen de turno. Son los mismos ciudadanos que consumen volúmenes extensos de horas de televisión, los que luego, van a las urnas. ¿Cada pueblo tiene la televisión que se merece? Hay que demostrarles a estas personas con vehemencia, de ser necesario, que no son seres puros y que la corrupción no es algo solo de los políticos, que es algo mucho más profundo y que están siendo cómplices por activa y por pasiva. A lo que me refiero, es que no podemos caer en la actitud demagógica happy-buena-ondi de esa novedad vendedora de humo llamada Frente Amplio.

 

  • El Fundamentalismo Democrático que ad hoc asumirá como real o ecuánime cierto tipo de democracia particular, es un manantial de corrupciones políticas. Hay que señalar entonces que esta envoltura ideológica de cadenas de instituciones que forman el Estado lleva a los sujetos inmersos en ellas a tomar decisiones torcidas o corruptas. Llegando a considerar que una decisión política es prudente: solo por el hecho de que se votó en el parlamento por una mayoría representativa del pueblo. Así, por ejemplo, a los señores diputados si se les ocurre, algún día, construir un monumento en cada pueblo al círculo-cuadrado, y esto se vota y aprueba por mayoría, resulta que se asumirá como verdadero y sublime. El fin, que es el que debería ser democrático, se asume por el medio; luego sale cual disparate.

 

  • Solo los individuos se corrompen, esa es la máxima oculta en el democratismo. Pasada la purificación y extirpados los miembros corruptos, el régimen queda intacto. Crece así desproporcionadamente el número de juicios y sentencias de este tipo. Un bucle, una irracionalidad de gasto público. Dinero que podría ser utilizado para fortalecer la soberanía nacional. Una tarea entonces, de todo patriota, es demostrar la oscuridad de esta ideología y sus consecuencias. Poniendo al descubierto que se trata de un problema institucional, no individual, puesto que la ideología no es un fenómeno solipsista, sino que es una concepción del mundo enfrentada a otras de grupos.

Para concluir

El presente político está atado y bien atado. Para desenrollarlo y hacernos dueños de nuestro destino es necesario triturar estas ideologías. No podemos de ningún modo darles en bandeja estos espacios ideológicos a nuestros enemigos que son los enemigos del pueblo y de la clase obrera de cada rincón del país. Por eso combatamos férreamente el fundamentalismo democrático.

El compañero Eduardo Artés el sábado 22 a las afueras del Servicio Electoral de Chile, posterior a la inscripción de su candidatura presidencial hizo un llamado. El llamado consistía en organizar, si, pero con crítica y acá una respuesta a ese llamado. Esperemos más se sumen y asuman esta tarea.

 

 

 

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